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Ocho lecciones con las que comienzo mi vida a los 29.

  • Foto del escritor: Eduardo Delvo
    Eduardo Delvo
  • 10 jun 2020
  • 8 min de lectura

Actualizado: 29 oct 2020



Quiero compartirle ocho lecciones con las que comienzo mi vida a los 29. El viernes, día de mi cumpleaños, fui a pasear con mi mamá al Cerro de la Muerte. Estacionados frente a las eólicas de Coopesantos, comimos el almuerzo que llevábamos, y de regreso, aprovechamos para hacer las compras de la quincena. Mis lecciones estuvieron inmersasen las experiencias de ese día, en mi querida mamá, en mi vecina doña Eli, en Jack Dawson, en Eduardo Cruickshank y en quienes me llamaron y escribieron para felicitarme por un año más de vida.


Cuando abrí el portón de la cochera, mi vecina doña Eli podaba los rosales de su jardín. La conozco desde hace tanto, que he visto morir a dos generaciones de sus perros. Toby, un husky con un iris azul y el otro blanco, murió cuando yo estaba en el colegio, y Timy, el hijo, el año pasado, por la hemorragia de un tumor que tenía en la base de la cola. “Buenos días, Doña Eli”. “Hace días no la veía”. “El jefe no me deja salir”. “Así es mejor”, le dije. “Pero ya estoy hasta aquí”, dijo ella, pasándose el índice por el cuello. “Hay que tener paciencia”, le contesté, para no decirle que yo estaba igual. Cuando vemos a alguien a diario no notamos los pequeños cambios: no vemos que el pelo crece a milímetros, ni mucho menos la piel arrugarse. Sin embargo, las siete semanas de no verla me hicieron notarla un poco más vieja. Además, se le había caído un diente. ¿Cuán diferente me habrá visto ella? Quizás a los 29 siete semanas no se noten tanto, pero eso no significa que mi cuerpo, igual que el suyo, no esté decayendo.


Tengo una razón especial para ser nonagenario: nací tarde para vivir mi década favorita, los 80s. Pero hace tiempo me di cuenta de que tengo alguna probabilidad de vivirla —por supuesto, me refiero a 2080—. Me veo de 90 años, arrugado, con un mezclilla tubo, tennis blancos y una chaqueta roja tipo salvavidas, en los conciertos virtuales de AC/DC, Eurythmics, Tears for Fears, y otros cuantos. Esto, hasta cierto punto, es en broma, pero lo que sí hace es recordarme mi primera lección: mi cuerpo es mi único medio de transporte por el tiempo y el espacio. Sin él no soy nada. No sé si tendré un cáncer de páncreas a los 36, si me estrellaré contra un poste a los 40, o si tendré un infarto a los 65. Lo que sé es que si quiero bailar los viernes en la noche a mis 90, hay tres cosas que debo hacer sin ninguna excusa: comer saludable —menos azúcar, carbohidratos simples, comida chatarra y alimentos procesados—, hacer ejercicio —con especial atención en mis rodillas, musculatura y capacidad cardiovascular— y dormir suficiente —haciendo lo que tanto sé y tanto me cuesta hacer, no quedarme despierto hasta tarde—.


Me despedí de doña Eli y empezamos el viaje al Cerro de la Muerte. No quería pensar en el futuro, quería vivir el día de mi cumpleaños 29. “Vivir el presente” es una frase curiosa; en el fondo es una redundancia, porque es imposible que vivamos el pasado o el futuro. La frase debería reducirse a sólo “vivir”, o quizás parafrasearse a “no obsesionarse con futuros o pasados”. Pero es cierto: así no suena tan pegajosa. La noche anterior, un amigo había publicado en estados de WhatsApp una escena de Titanic. Jack está cenando con la familia y los amigos de Rose y les cuenta sobre su filosofía de vida. “Mi residencia actual es este barco; aquí tengo todo lo que necesito para vivir: aire en mis pulmones y papel para dibujar”. “Hace una semana dormía debajo de un puente y ahora estoy en el barco más lujoso del mundo cenando con gente refinada”. Con el fondo musical, la escena conmueve y saca más de un suspiro. Ciertamente, sólo existe este momento y si logramos no aferrarnos al pasado o al futuro, nos aseguramos una vida con menos angustias. Pero si nos concentramos sólo en el presente, ¿qué pasa con el futuro y con las metas? Yo no querría dormir debajo de un puente ni tampoco morir congelado en el Atlántico. Mi segunda lección la tomo de una frase F. Scott Fitzgerald: “La capacidad de mantener dos pensamientos contradictorios y aún poder funcionar es la marca de una mente superior”. La lección está en la paradoja de esos dos pensamientos: estar satisfecho con mi estómago lleno y el aire en mis pulmones, y al mismo tiempo verme en 70 años en mi lecho de muerte, con una vida larga y realizada. Las decisiones que hagamos deben tomar en cuenta esas dos versiones de nosotros mismos: quienes somos ahora y quienes seremos en nuestro último suspiro. Uno necesita disfrutar cada momento y el otro necesita poder ver atrás y no arrepentirse.


Cuando llegamos a la Interamericana, no había podido centrar mi mente y seguía repasando una conversacion de la noche anterior. Una amiga se había molestado por la reflexión sobre la psicología sexual de hombres y mujeres. Me dijo: “Esa publicación es dañina y sólo contribuye a la infelicidad de la gente (seguido de muchos emojis de vómito)”. Por supuesto, yo no lo veo así y mi punto —como el punto del libro del que hablaba— era describir instintos que traemos para entenderlos y entonces superarlos. A pesar de que mi amiga y yo compartimos el mismo objetivo —justicia y buenas relaciones entre los sexos—, la conversación no acabó en los mejores términos. Ella decía que todo debía basarse en el amor, y yo, aceptando su posición, decía que también hay que basarse en datos científicos, sin importar lo crudos que pudieran ser. De aquí surge mi tercera lección: insistimos tanto en vernos las diferencias, que perdemos de vista que la mayoría de nuestros fines son los mismos, amor, respeto, justicia y felicidad. Los católicos tienen su verdad, los evángelicos, la suya, y los ateos, la nuestra; los del Frente Amplio, los de Restauración y hasta los de Liberación; los ticos, los nicas y los panameños. Todos tenemos una mamá, todos queremos felicidad y ninguno se quiere morir. Hay un pasaje de la biblia que me gusta: Vemos la paja en el ojo ajeno, y no vemos la viga en el nuestro. Antes de criticar las diferencias, estiremos la mano y toquemos el suelo que compartimos.


Había desayunado poco y el hambre me hacía difícil abandonar la discusión con mi amiga. Hacía un esfuerzo grande por hablarle con cariño a mi mamá y por no majar el gas para increpar a alguien que se me había atravesado en el carril. Hace mucho tiempo ponía dos excusas para justificar mis enojos: el hambre y la rinitis. Según yo, si estaba estornudando mucho o si ya era más del medio día y no había almorzado, tenía derecho para estar de mal humor. Ahora pienso diferente y esta es mi cuarta lección: cómo nos sentimos es nuestra responsabilidad. Nadie se enoja por culpa de otro. El enojo sucede porque nosotros mismos lo dejamos suceder. Este es un propósito importante en mi vida y me lo recuerdo todos lo días: no voy a desquitarme las angustias con nadie más; mis angustias son mías y soy el único responsable de aliviarlas.


Nos estacionamos frente a las eólicas de Coopesantos, y después de desempacar el almuerzo, encendimos el celular para ver la conferencia sobre el Covid-19. De nuevo, hubo pocos casos. Luego, Ignacio Santos anunció que estaba por entrevistar al recién electo presidente de la Asamblea Legislativa. Qué sorpresa tuvimos cuando vimos en la pantalla a Eduardo Cruickshank. Yo no tengo color político, pero me alegró que ese puesto lo vaya a ocupar por primera vez un afrodescendiente. Sus orígenes humildes y lo que dijo despues me alegraron el doble. “El único obstáculo para lo que podemos lograr somos nosotros mismos”. Esta no es una idea nueva, pero es tan cierta, que siempre la olvidamos y terminamos derrotados por el miedo y la pereza. Le agradecí a Cruickshank por recordármelo en mi cumpleaños, que siempre lo siento como un nuevo comienzo. Y ahora, como la quinta lección, yo se lo recuerdo a usted. ¿Cuál es el sueño más bonito, grande e importante de su vida? Usted puede lograrlo. Piense en grande. Vea nítidos sus sueños. Haga un plan. Forme el hábito de siempre hacer lo que teme. Y denos a todos lo mejor de usted.


De regreso en San Jose, fuimos a hacer las compras de la quincena. Mi mamá se bajó al súpermercado y yo me quedé en el carro. El frío del Cerro de la Muerte me había dado rinitis y tenía rato de estar estornudando. “Ah no, voy a llamar al Ministero de salud”, me dijo alguien por la ventana. Era un señor de unos sesenta, con el pelo gris amarrado en una cola. Después de la broma, conversamos por unos diez minutos. Me contó que vivió en Estados Unidos, que había competido en torneos de artes marciales mixtas, que había pagado a tres médicos privados para un dolor que tenía en la nariz, que vivía cerca de la casa presidencial, que era primo de Ottón Solís, que tenía una finca en Santa Maria de Dota, y que su hija vivía en España, pero que estaba sana y que la cuarentena no la afectaba tanto porque el patio de su casa era grande. El señor era amable y sin duda me agradó, pero me hizo pensar en mi sexta lección: la humildad. Nuestra especie ocupa una fracción insignificante en el tiempo y en el Universo, y la vida de cada uno es sólo una fracción de esa otra fracción ya minúscula. Cualquier logro, dinero, puesto, propiedad, en el fondo importa poco o nada; nuestras creencias son tan relativas, que una lección de vida escrita a cualquier edad debe estar en constante revisión y abierta a cambios; y nuestra sobrevivencia es tan frágil, que cualquier resfrío se convierte en neumonía, cualquier división celular acaba en cáncer, y cualquier huracán, incendio o accidente pueden en segundos ponerle fin a nuestra historia.


Regresamos a la casa a las seis y media y fui a buscar mi teléfono, que se había quedado guardado en el escritorio. A pesar de escribir esto y contarle tanto de mí, en realidad en la mayoría de ocasiones me cuesta ser el centro de atención. Es por esto que apago el celular en mi cumpleaños y lo enciendo hasta el final del día para responder las felicitaciones. WhatsApp tardó en cargar todos los mensajes y me acosté para leerlos con calma. Las muestras de cariño, sin importar la distancia, me abrazaron el cuerpo en calidez y alegría. Esta es la séptima lección: en todas nuestras búsquedas, lo único que hace soportable el vacío es sentirnos el uno al otro (este es un parafraseo de una frase de Contact, de Carl Sagan).


Después apagué el teléfono y, como las noches anteriores, en las que sentía aproximarse los 29, me puse a reflexionar sobre mi vida. Salí del útero de mi mamá y cada día me acerco a mi tumba, y no hay nada más. ¿Para qué me despierto? ¿Cuál es el objetivo de vivir? Pensé en mi vida como la de un árbol de frutas. Un árbol es austero, no pierde el tiempo, y con agua, sol, oxígeno y los sustratos del suelo, crece varios metros hasta producir un fruto del cual nos alimentamos. Para eso vive el árbol y para eso quiero vivir yo. Mi octava lección: quiero voltearme hacia la luz, encontrar los estímulos correctos, crecer raíces y tallos y ramas robustas, trabajar de día, respirar de noche, consumir sólo lo necesario, sin desperdicios, y que mi tiempo y mis recursos tengan como fin un fruto para todos.

 
 
 

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