2020: La vida continúa.
- Eduardo Delvo

- 24 dic 2020
- 4 min de lectura

Mi abuela, cuando era una niña de 9 años, en 1943, había escuchado que la Virgen abriría una carta el 14 de mayo, y que cuando finalmente la abriera, se iba a acabar el mundo. Lloraba desconsolada. Había quedado huérfana de padre y madre, y en ese entonces vivía con su tía Concha, en una casa humilde, de piso alto y hecho de tablones de madera. Mi abuela se metía debajo del piso y se sentaba en la tierra apisonada a comer a escondidas una lata de frijoles robada de la cocina, mientras sollozaba pensando que ella no quería que la vida se acabara. En febrero próximo mi abuela cumple 87 años y en marzo espera que nazcan sus bisnietos número 17 y número 18. La vida continuó aquel 14 de mayo, y ahora, después de 2020, la vida también continúa.
Este año, en mis momentos más difíciles—o como dicen en la literatura, en mis noches más oscuras del alma—casi siempre pensaba en mi abuelo. Murió el año pasado, el 21 de enero. Había vivido con nosotros los últimos 18 años. Hacia diciembre, cuando empezaba a enfermar, yo iba por las noches al patio, donde él tenía su apartamento. En la puerta, mi abuelo había instalado tiempo atrás una cuerda amarrada al pin de la cerradura que permitía abrir desde afuera. La busqué en la oscuridad y abrí la puerta subiéndola un poco para que no chirriaran las bisagras. Caminé por la sala y me acerqué al cuarto, cuyas paredes no eran paredes completas sino que dejaban una abertura amplia entre ellas y el cielo raso. Mi intención era escucharle el buen ritmo de los ronquidos, pero ese día llegué antes y lo escuché mientras rezaba. Primero el padre nuestro, y momentos después, antes de dejar el cuarto en silencio: “Mamá, acompañame”. Lo que hacía mi abuelo esa noche es lo que yo pensé durante todo este año para darme perspectiva. Me imaginaba en mi lecho, ya anciano, viendo hacia atrás mi vida entera, y me preguntaba: ¿Del 2020 qué es lo que voy a recordar?
Lo que voy a recordar, estoy seguro, se ilustra bien en una anécdota reciente. Días pasados, escuché desde el cuarto una patrulla estacionarse frente a mi casa, y enseguida una voz violenta: “¡Levántese! ¿No está oyendo, viejo?”. Yo corrí al baño, subí un pie en el sanitario y asomé la cabeza por la ventana, desde donde se ve el frente de mi casa. El policía ahora amenazaba con la macana y estaba a punto de bajarse de la patrulla. Entonces escuché una voz conocida, una voz ronca que alargaba el final de las palabras: “Sólo estoy tomando cafecito”. Era Paulino, un señor de 62 años a quien mi abuelo siempre le guardaba chatarra y cables de cobre. Yo bajé del sanitario en un salto, salí del cuarto en tres zancadas esquivando apenas los muebles, abrí la puerta de la sala, corrí por la cochera, y cuando llegué al portón, lo abrí de golpe. “Qué, don Paulino, ¿cómo está?”, le dije, como si no tuviera el corazón no me estuviera latiendo en el cuello, y como si al frente no hubiese ningún policía. Don Paulino me siguió el juego: “Aquí, tranquilo, tomándome el café que me regalaron las monjitas”, como si no estuviesen a punto de sacudirlo a macanazos. Al cabo de un momento, levanté la mirada y el policía se había desinflado—había testigos cuando él pensaba que nadie lo veía. Yo no quería enemistades con ellos, y los saludé y les di las gracias unas tres veces, al de la macana y al chofer, ambos pálidos y sin palabras para decir. Cuando se fue la patrulla, don Paulino me pidió que hablara con él un rato, para que “se le bajara la adrenalina”, porque si no, “iba a desquitarse la chicha con cualquier *********”.
Más tarde, reflexioné sobre lo acontecido. ¿En cuál de los involucrados recaía la mayor responsabilidad del incidente? ¿Acaso en los policías, por abusar de la autoridad, por irrespetar a un señor mayor, por despreciar a un habitante de la calle? Seguro no los entrenaron bien; seguro están angustiados por el virus o frustrados por un salario injusto. ¿Entonces la culpa es de los políticos, por descuidar a un gremio tan esforzado? Sin embargo, ¿en dónde quedan don Paulino y la cadena larga de malas decisiones de toda una vida? Pero, ¿cómo juzgarlo?, si en la breve charla que sostuvimos, percibí una infancia no muy feliz. ¿Fue entonces culpa de su mamá, por no dejarlo asistir a la escuela, o quizás de su papá, por abandonar a la familia? Luego recuerdo que Costa Rica es uno de los países más desiguales en la región. ¿Son los culpables los políticos, sobre todo los corruptos? Quizás. Pero entonces me doy cuenta: ¿y en dónde quedo yo? ¿Qué estoy haciendo para que todo esto sea diferente?
A esa pregunta me respondí con lo que voy recordar en el lecho de mis últimos días. “Hace muchos años, aquel año de pandemia, entendí que la vida no se trata de ninguna otra cosa más que de ser felices”. Ahora, ¿cómo se relaciona eso don Paulino? En esto. La felicidad individual no es posible sin la felicidad colectiva, ni tampoco la felicidad colectiva es posible sin la felicidad individual. Si una persona sufre ingratamente, le será difícil creerse capaz de tender una mano. Y si una persona logra ser feliz sin poner interés en la felicidad colectiva, su aparente felicidad estará siempre apolillada de indiferencia.
Mi mensaje para usted, a una semana de que acabe este año, es que en la selva que suele ser la vida, su único objetivo sea encontrar los lugares precisos donde su felicidad sea auténtica, donde el enojo y los rencores se desintegren, donde se encuentre satisfecho y con todo su potencial realizado. En el camino, siempre dese cuenta de que con cada paso hacia su felicidad, también aumenta la felicidad colectiva, tanto porque usted es un miembro de todos nosotros, como porque su corazón generoso siempre va a tender la mano.
Para cerrar mi mensaje, le comparto el eco milenario de Confucio:
“Para poner el mundo en orden, primero debemos poner la nación en orden; para poner la nación en orden, primero debemos poner la familia en orden; para poner la familia en orden, primero debemos cultivar nuestra vida personal; primero debemos enderezar nuestros corazones ".
Eduardo.



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