Este es el origen de nuestros miedos y pensamientos negativos, y una estrategia para superlos.
- Eduardo Delvo

- 17 dic 2020
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Nuestro cerebro, contenido en el interior oscuro de la bóveda del cráneo, tiene dos pasados, el pasado de nuestra propia vida y el pasado remoto de la especie. Somos los descendientes de unos abuelos ancestrales, desnudos y enmarañados, que siempre estuvieron a sólo un paso de extinguirse, y al mismo tiempo, de una familia reciente, papá y mamá, que nos heredaron sus propios genes y nos dieron la mejor crianza que pudieron. Después de millones de años, estamos aquí, vivos, con una consciencia única, y ése es motivo suficiente para estar agradecidos. Sin embargo, a lo largo de ese milenario viaje hasta nosotros, se acumularon en el cerebro algunos gusanos—gusanos que le restan color, felicidad y posibilidades a la vida que heredamos. Si el enemigo está por dentro, como dicen, estos dos gusanos son sus más fieros soldados. En esta publicación hacemos un breve viaje al pasado para entender de dónde surgen nuestros miedos y pensamientos negativos, y además le comento dos estrategias para que logre extirparlos de su mente.
Séneca, el filósofo estoico, a la luz de un atardecer de la Era Dorada del Imperio Romano, contemplaba un grupo de caballos galopar en un campo de pastos verdes, cercado con listones de madera blanca. Unos galopaban y relinchaban; otros restregaban sus hocicos en las crines de las hembras disponibles. El filósofo reflexionaba: “nosotros, humanos, sufrimos más por los tormentos de la imaginación. Mirad, el caballo, galopando, se alarma ante una fiera, pero una vez que ésta se ha marchado, los ánimos del caballo vuelven a su calma regular.” Séneca los consideraba afortunados por no sufrir una de nuestras peores penas, la de seguir sufriendo cuando la causa del sufrimiento desapareció hace tiempo. Es cierto. Si la hembra rechaza al caballo que le restriega el hocico en la crin, éste no pasará ninguna noche con mal de amor equino. Por esa causa, nosotros bien podemos sufrir unas mil noches seguidas. No obstante, algo que Séneca no menciona en sus reflexiones—seguro se fue a casa temprano—es que cuando oscurece y los caballos se disponen a dormir, mientras unos se echan y duermen profundamente, algunos duermen de pie, alcanzando sólo un sueño superficial, para poder darse cuenta de si un depredador viene al ataque, a pesar de estar seguros y resguardados en el corral.
La naturaleza es un lugar letal, que mata sin remordimientos, sin intereses personales, y todos los seres vivos desarrollamos estrategias para sobrevivir en ella. Los caballos, probablemente, duermen de pie desde que su antepasado remoto, el Mesohippus, un mamífero parecido a un perro, era depredado hace 37 millones en América del Norte por los tigres dientes de sable. Hace 3 millones de años, no en América sino en África, una de nuestras abuelas más remotas, Lucy, una Australopithecus afarensis, se había puesto de pie en las sabanas áridas de zacates amarillos. Lucy, en términos evolutivos, recién había bajado de los árboles y ahora vivía en un lugar infestado de bestias carnívoras, con colmillos y garras mortales, y ella, con su cuerpecito desnudo, sus pechos pequeños, caídos y todavía muy peludos, no era capaz de defenderse, sólo de correr, esconderse, y alimentarse de los restos de carne descompuesta que encontraba en la carcasa de animales depredados. Lucy tuvo una madre y una tía. Su tía era una Australopitecus relajada, poco temerosa de las amenazas de la sabana. Su madre, por el contrario, era una matrona asustadiza, que pasaba el día entero ansiosa por lo que pasaría al siguiente momento, cobarde hasta el punto de no salir de la grieta de una gran roca donde su familia tenía el escondite. La tía de Lucy, una tarde de caminata por la sabana, murió devorada en las fauces de una hiena del tamaño de un oso; tenía sólo 15 años y no llegó a reproducirse. La madre de Lucy vivió escondida en la grieta hasta los 39 y parió diez hijos. Lucy heredó los miedos de su madre y también vivió hasta los 40 y procreó doce hijos. De esta forma, todos los hijos de Lucy, y todos los nietos de su madre, heredaron los mismos miedos de ellas dos. Pasaban el día escondidos en la aquella grieta, ansiosos, temiendo los horrores del mundo, pero de esa forma lograron sobrevivir y reproducirse. Nosotros somos los últimos descendientes de Lucy.
De ella heredamos todos nuestros miedos. Si el clan de Lucy la hubiera dejado abandonada en la grieta de la roca, ella sola no habría sido capaz de sobrevivir. Por eso nosotros le tememos a quedarnos solos, a que nos rechacen. Lucy, en esto igual a todos los seres vivos, era conservadora en su energía. Si no se veía obligada a hacer algo para sobrevivir, simplemente no lo hacía. ¿Migrar diez kilómetros recorriendo la sabana para llegar a un sitio rico en frutas y agua? ¿Para qué?, pensaría Lucy, aquí en la grieta la voy pasando. Migraría sólo hasta cuando la grieta en la roca se inundara, o fuera invadida por las hienas. Por eso nosotros le tememos a lo que es incierto, a lo que nos deja en una situación de riesgo. Lucy, desde su grieta, vería hacia la sabana a través del lente más negativo de toda la historia evolutiva del ser humano. Detrás de cada tronco de árbol vería arrastrándose una serpiente. En su memoria repasaría incansablemente el día en que su hermana fue triturada en las fauces de la hiena. Hacerlo le hacía vivir temblando de miedo, pero no hacerlo le significaba la muerte. Por eso nosotros nos ceñimos en ver lo negativo y en rumiar las más tristes de todas las memorias.
3 millones de años después, los papás de usted—en el barrio La California, él obrero de Intaco, ella ama de casa; o un par de hippies bailando disco en un bar de moda en los 70s; o unos jóvenes cursando humanidades en la UCR—sin esperarlo, se fijaron por primera vez en la cara del otro, y meses o años después, se dedicaron a la amena tarea de procrearlo. Después, a las doce semanas de flotar en el tibio líquido dentro del útero, su cerebro empezó a formarse, y entonces tuvo lugar la lotería genética que definiría el resto de su vida.
Cada uno de nosotros, por ese azar genético, nace optimista o pesimista. Si conectamos a un bebé de diez meses una máquina de electroencefalograma, de inmediato podremos saber cuál fue la suerte la que le tocó. Si una bebita, de piel suave y sonrisa grande, muestra cierta onda cerebral en la corteza frontal izquierda, ¡urra!, nació una bebé optimista. En la escuela hará más amiguitos, de adolescente será más resiliente cuando el novio se bese con la pelirroja de la otra sección, y de adulta, será más constante con sus metas y se levantará más rápido y con menos daños de los inevitables fracasos de la vida. Ahora, si un bebito arisco, con pelo negro y espeso, muestra cierta onda en la corteza frontal derecha, la suerte que tuvo es la de ser pesimista, y su historia será diferente a la historia de la bebita. En la escuela, cuando obtenga un 60 en un examen, tendrá menos ganas de estudiar para el examen siguiente, en el cole se le hará difícil lidiar con los insultos diarios del bully de la clase, y de adulto, le será difícil dejar de fumar, comenzar el ejercicio, y ser constante en el desarrollo de sus proyectos. El curso de una vida entera definido por aquella lotería de negativos y positivos.
Esta lotería, por supuesto, no es el fin de la huella que nos dejan los padres. Ellos nos dan nuestro primer molde de hábitos, valores y posibilidades. Si los papás de un niño son obesos, con pésimos hábitos alimenticios, el niño quizá podrá llegar a los diez años con piernas y bracitos delgados, pero de ahí en adelante, su metabolismo no será tan elástico y pronto tendrá sobrepeso. Las costumbres de su casa no sólo causarán que acumule más adipocitos en su cuerpo, sino que lo harán arrastrar por mucho tiempo hábitos malos y que le significarán todo una odisea cuando quiera cambiarlos. Asimismo, los padres también establecen los primeros límites de nuestras posibilidades; primero, con las oportunidades que nos ofrecen, y luego con el ejemplo vivo de ellos mismos, con cuánto avanzan en su desarrollo como individuos. Ese terreno que nos marcan puede llegar a comportarse como un espacio de límites rígidos, insuperables. En ocasiones no nos damos cuenta de que frente a nosotros hay un límite, porque es invisible, y pensamos que hasta ese lugar se extienden las posibilidades de lo que somos capaces. Y cuando logramos identificarlos, la idea de superarlos y explorar la realidad incierta al otro lado no hace más que aterrarnos. Una vez más... el miedo.
Así, llegados a la edad que Camus definía como la edad a partir de la cual uno es responsable de su propia cara, nos damos cuenta de que cargamos con esos gusanos de nuestros pasados, y que se nos presentan dos opciones para avanzar hacia nuestro único futuro: vivir limitados por el miedo y el pesimismo, o hacer un esfuerzo grande y extirparlos para siempre.
A continuación, le presento dos ideas para que se extirpe ambos gusanos.
En el libro Happiness—unlocking the mysteries of psychological wealth, Ed Dienner plantea el método AIM para desarrollar una mentalidad optimista. AIM es acrónimo de atención, interpretación y memoria, y consiste en inyectar optimismo a cada uno de esos fenómenos de la mente: atención, interpretación y memoria.
¿En consiste?
Atención: desarrolle el hábito de buscar lo positivo en todos y cada uno de sus momentos, en cada lugar, en su familia, en sus amigos, en sus paseos, en todo. Acostúmbrese a observar con detenimiento lo positivo de cada uno. ¿Significa esto acaso que vamos a ignorar lo negativo? No, sólo que le daremos prioridad a lo positivo.
Interpretación: ante los eventos de su vida, deténgase y recuerde la máxima de Epicteto, “los eventos son neutrales, es nuestra reacción la que los hace positivos o negativos”. Entonces, forme el hábito de interpretar todos sus eventos de una manera positiva. ¿Me quedé sin trabajo? Bien. Es una gran oportunidad de salir de mi zona de comodidad e ir más allá de lo que hasta ahora he logrado.
Memoria: cuando haga recuento de sus errores del pasado, o de los maltratos que alguna vez recibió, de nuevo, enfóquese en lo positivo, en lo que aprendió, en las fortalezas que desarrolló, en las debilidades que logró superar.
Si forma el hábito de poner un lente positivo en su atención, en sus interpretaciones y en su memoria, tendrá asegurada la extirpación del gusano pesimista.
Ahora. El gusano del miedo se extirpa con la acción. Ralph Waldo Emerson decía que si “uno hace lo que teme, la muerte del miedo está asegurada”. Una máxima parecida a esta es el mensaje central del libro Go for No!, un pequeño libro que es una joya, una revelación. La máxima es esta: Sí es el destino, No es el camino. O dicho de otra forma: el éxito es el destino, el fracaso es el camino. El libro aconseja que los objetivos que uno se plantea no sean éxitos, sino fracasos. “Si quiere aumentar su tasa de éxito, duplique su tasa de fracaso”, decía Thomas J. Watson, fundador de IBM. Así, mediante la acción, buscando, queriendo el fracaso, es la manera como nos extirpamos el gusano del miedo.
La decisión es de cada uno. Podemos quedarnos en la misma grieta ancestral donde Lucy se escondía del mundo. O podemos darnos cuenta de si hoy estamos aquí, fue porque uno de los nietos de Lucy no quiso quedarse más en la grieta, y enfrentando el miedo y sus pensamientos negativos, y a todas las fieras de la sabana, caminó hasta un lugar nuevo, seguramente un valle, rico en frutas y agua fresca, donde su familia prosperó y su descendencia se convirtió en nosotros.



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