Lo único que puede salvarnos a los humanos es el amor radical, el amor sin condiciones.
- Eduardo Delvo

- 10 jun 2020
- 8 min de lectura

Quiero contarles cuál es hasta ahora mi éxito más grande.
Rancho Redondo, 1981. La voz metálica de un megáfono cortó el silencio de la montaña: “Raúl Sequeira, el Ministerio de Seguridad Pública le ordena entregarse. Repito: le ordena entregarse”. Raúl, que estaba sucio, hambriento y con la ropa de hacía quince días, aún no aceptaba la fatalidad que tenía por delante. Tomó el motete de cobijas y comida y trepó a la copa de un árbol. Vio el atardecer desde allí y recordó a sus padres ya muertos.
Don Aníbal, engendró once hijos y los medio mantuvo —la mayoría del tiempo descalzos y hambrientos— con las ventas de telas y relojes que hacía en los barrios. Murió de un infarto a los 45, cuando Raúl apenas tenía 15. Lo recordaba borracho. Doña Amparo, morena, de caderas anchas, enaguas largas, multiplicó la comida durante años para que no se murieran de hambre. Él, uno de los mayores, dejó el colegio y trabajó para alimentar a los hermanos. Pero no era cumplidor y pronto se encontró vagueando en esquinas y potreros, con malas juntas y fumando marihuana. Por eso, doña Amparo lo trataba de sin verguénza y él a ella de vieja loca.
También recordó a sus hermanas y el viaje al Puerto en el 80. Mili y Yamileth, hermanas del medio, consiguieron irse a los Estados Unidos a trabajar como empleadas domésticas. Con el dinero que enviaban, la situación de la familia se alivió y Doña Amparo compró una casa en Los Lagos de Heredia. En la Navidad del 80, las hermanas, con los esposos, vinieron a pasear, y la familia entera se fue a Puntarenas. Doña Amparo invitó a Raúl, pero el hijo rebelde inventó que ya tenía planes y que le caían mal los gringos. Y lo siguiente que supo de ella fue que se había ahogado. Alex, el hijo menor, fue arrastrado por la corriente. Doña Amparo corrió a través del agua y logró tomarlo de un brazo, pero pronto dejaron de tocar fondo y el peso de ella los hizo hundirse. Yamileth, intentó rescatarlos, y otros también. Ellos tres no regresaron: Alex, Yamileth y Doña Amparo.
Raúl perdió más su camino. Conoció a Bernal y con otros tres formaron La Banda de los Cinco, como los llamaban en los periódicos. Se drogaban y se sentían poderosos. Primero asaltaron pequeños comercios y Raúl se ganó el sobrenombre de Bravo. En 1981 atracaron una bomba en Zapote. Bernal, el líder, se drogaba más que los otros, y ese día, se había metido guaro, marihuana y vapores de cemento. Unos vaciaron las cajas registradoras y Bernal y Raúl fueron a la oficina central. Amenazaron al dueño, un italiano. El hombre entregó el reloj y varios billetes, pero aprovechó un despiste de Bernal y lo golpeó con una llave de ranas en la cabeza. Bernal retrocedió, sacó el arma y le descargó dos balazos en el pecho. Los Cinco huyeron y se dispersaron. A los días se enteraron de que el italiano había muerto y la policía los buscaba por homicidio. Uno a uno se fueron entregando. Y ahora, Bravo —Raúl— era el único fugitivo. Se había atrincherado en las montañas de Rancho Redondo y tenía dos semanas de sobrevivir con las bolsas de comida que Heiner, el hermano mayor, le había llevado.
Aquella tarde, permaneció dos horas entre las ramas del árbol hasta que no escuchó más la voz del megáfono. Dos días después decidió entregarse y a los seis meses fue condenado a nueve años de cárcel como cómplice en el homicidio del italiano. Los cumpliría todos.
Barrio Escalante, 1986. Cecilia y Álvaro, miembros de una agrupación de izquierda, tomaron con un grupo de campesinos el edificio del INTA (Instituto Nacional de Innovación y Transferencia en Tecnología Agropecuaria). El grupo de campesinos marchaban por mejores incentivos para la producción y los dos jóvenes apoyaban como parte del movimiento estudiantil. Las autoridades no respondían y los ánimos se caldearon. Alguien gritó: “entremos al edificio”. En momentos habían expulsado a los oficinistas y exigían que les dieran respuesta. La policía no tardó en llegar y sin dificultad los sometieron. Álvaro y Cecilia pasaron esa noche presos.
Cecilia se separó del movimiento, pero otros, como Álvaro, fueron reclutados por facciones radicales que se llamaron “La Familia”. Meses pasaron y el nuevo grupo se tornó cada vez más violento, hasta llegar a detonar bombas en parques y vehículos. El OIJ los persiguió, y encontró y desarticuló a todas las células que formaban La Familia. Álvaro y otros amigos de Cecilia fueron capturados y condenados a varios años. Cecilia visitaría a varios, pero sobre todo a Álvaro, su amigo más íntimo.
En esas visitas, Cecilia conoció a Raúl, y varios años después nací yo. Su nombre completo es Raúl Eduardo Sequeira Villalta y el mío debió haber sido Eduardo Sequeira Delvo, pero mi mamá decidió que llevara sus apellidos y me llamara Eduardo Delvo Sánchez. Esta curiosidad de mi nombre le da una pista del giro que va a tomar la historia.
Me he dado cuenta de que las imágenes de mi infancia sobre Raúl, mi papá, surgen de dos lugares: mi memoria y las pocas fotos que tengo de él. Pienso que como todo niño, en algún momento lo admiré. Es lo que siento cuando recuerdo el día en que le dije que quería afeitarme y entonces me embarró crema y me pasó con suavidad la prestobarba por los cachetes; o cuando recuerdo el patio de nuestra casa en Granadilla y las mejengas que nos hacíamos. “Eduardito trabonea duro”, decía. Pero poco a poco fue convirtiéndose en el villano que iba a despreciar durante muchos años.
Estos son tres de mis recuerdos más viejos. El primero: ya en nuestra primera casa de Barrio Cuba, una noche me levanto y camino en la oscuridad del pasillo hasta la cocina; me guío arrastrando la mano por la pared; primero siento el durpanel de la pared del cuarto, luego el cemento frío de la pared del baño; llego a la cocina y lo veo; está sentado frente a la pila y en una mano sostiene un tubo de metal con la punta quemada, en la otra un encendedor y un tubo de pasta cortado; huele a plástico quemado. El segundo: soy un astrónomo aficionado y en la Navidad pasada “El Niño” me trajo un telesocopio; despierto un día y me asomo debajo de la cama; no veo el telescopio; con miedo, pensando lo que pudo haber pasado, me consumo hasta el fondo; estiro la mano, tanteo; no está el telescopio; él se lo había llevado.
Raúl no trabajaba y nos robaba para empeñar y drogarse. Estoy seguro de que Cecilia al principio lo quiso y esperó que cambiara, pero pronto se dio cuenta de que nos arrastraría a un lugar donde yo no sería capaz de hoy escribir esto. Y lo sacó de la casa.
El tercero simboliza lo que sentía por Raúl: cuando tenía 8 años, las Cajitas Felices traían figuras de Pokémon; yo las quería y lo chantajeaba a él para coleccionarlas: le decía a mi mamá que no lo dejara visitarme si no me traía una Cajita Feliz; una noche quedó en llevarme una; yo lo esperé hasta las diez, pero no llegó; me fui a dormir llorando; casi a las 11 tocó la puerta; vino al cuarto a disculparse, con la Cajita en la mano, y se sentó en la cama, hablándome de cerca; yo me hice el dormido y cuando se levantó, un impulso me invadió el cuerpo y estiré hacia el espacio mis cuatro miembros, y mi talón fue a incrustarse con furia en su mandibula; Raúl se llevó la mano a la cara y creo que lloró de rabia. Nunca supe si lo hice a propósito.
Durante años, me enteré poco de él, y su presencia en mi vida se puede resumir con las veces que llegaba a tocar el portón y lo ignorábamos o con las llamadas por cobrar del 110. Levantábamos el teléfono: “Este es el servicio automático 110 del ICE, usted tiene una llamada por cobrar de...”. Colgábamos. Yo trataba de no pensar en él y la mayoría del tiempo ganaba el resentimiento, pero reconozco, aunque en el momento intentara ignorarlo, que él siempre fue un pensamiento angustiante guardado en un recoveco de mi mente. Tanto, que en el fondo nunca disfrutaba fechas como Navidad o Año Nuevo porque sabía que él, en alguna parte, la estaba pasando mal.
Esta historia —mi historia— me hacía sentir vergüenza. Cada vez que alguien me preguntaba por mi papá, hacía una de dos cosas: o inventaba una historia edulcorada y decía que era mecánico y que vivía en San Pedro —esto porque de niño supe que había trabajado unas semanas en el taller Wabe—, o intentaba desviar el tema de una forma ágil sin que la otra persona se diera cuenta. Y cuando alguna vez me lo topaba en la calle, sin bañar, harapiento, me daba tanta vergüenza que cruzaba de acera y hacía lo posible por que no me viera.
Años pasaron y en 2012 nos llamaron del Calderón Guardia. Había sufrido un infarto. Lo fui a visitar y con mi carnet de estudiante pude ver su expediente: toxicómano, habitante de la calle, infarto agudo del miocardio. Tanto crack le había cerrado las coronarias y lo habían salvado con dos estents. Me pidió que fuera a donde vivía y que buscara a Ernesto, un perro que tenía, y que lo cuidara mientra estuviera en el hospital. Fui a la dirección que me dio: un lote baldío diagonal a la U Latina. Entré por una abertura que había en el alambre de púas. Ernesto estaba amarrado con un cable largo que salía de la tapia de la propiedad vecina. Y al lado de Ernesto estaba el rancho donde vivía Raúl, hecho con latas, cartones, plásticos, oscuro, lleno de barro, con restos de repostería vieja. Olía igual al recuerdo que tenía de él: una mezcla de sudor, zacate y fósforo encendido. Cuidé a Ernesto y cuando Raúl salió del Calderón, lo hospedamos unos días en mi casa. Luego, volvió a su rancho.
Los años pasaron.
El 21 de enero del año pasado, murió mi abuelo, Juan Rafael, el papá de mi mamá. Había vivido con nosotros desde el 2001. En ese entonces, vivía solo y ya empezaba hacerse viejo. Mi mamá le ofreció vivir con nosotros. Él construyó una casa en nuestro patio y lo cuidamos hasta sus 92. A las semanas de su muerte, mi mamá y yo nos sentamos a decidir qué haríamos con la casa vacía que ahora teníamos en el patio. ¿Dejarla vacía? Era una pena. ¿Alquilarla? No queríamos a nadie extraño. ¿Ese individuo? (Así le dije a mi papá desde siempre: “ese individuo”). Decidimos que sí, y aún no dejo de admirar el tamaño de la compasión de mi mamá.
Raúl Eduardo, mi papá —en realidad, él prefiere Eduardo y lo llamé Raúl desde el principio para despistarlo a usted, el lector— tiene un año y un mes de vivir con nosotros, en la casa que fue de mi abuelo. Cuando vino, estaba próximo a cumplir a 60 años, flaco y perdiendo los dientes. Tenía un comportamiento feral, salvaje, y al principio le fue difícil aprender a convivir; era impulsivo y se exaltaba con facilidad. Sabíamos que teníamos que darle tiempo. Empezó a comer mejor y nos hemos acostumbrado a vivir juntos. Poco a poco, fueron surgiendo temas en común, como el cine: es fan de Bruce Lee y de los spaghetti western, y también el ejercicio: me ayuda a levantar las pesas y él también se ejercita. Ahora hasta viste elegante con mucha ropa que yo ya no usaba. Ya no le digo individuo, y aunque al principio no sabía cómo decirle, desde hace meses siento fácil decirle Eduardo. Nunca sentiré que es mi papá, y si existe una relación padre-hijo entre ambos, soy yo quien lleva el rol de padre. Pero, en realidad eso no importa, nunca tuve un papá y no lo necesito. Somos y seremos siempre amigos.
Lo que le acabo de contar en esta publicación es mi éxito más grande: me deshice del rencor, ya no me avergüenza mi propia historia, siento por él una compasión incondicional, y tengo los medios para ayudarlo a tener una vida digna. Estos días de pandemía he pensado mucho en cómo habría sido un final alternativo. Él viviría en un rancho en alguna finca de Montes de Oca, encontraría menos “camarones” porque los vecinos no querrían abrirle, y andaría por la calle con hambre, con los dos estents y expuesto al virus. Es de este último pensamiento que llego a la conclusión de esta historia:
Lo único que puede salvarnos a los humanos es el amor radical, el amor sin condiciones.



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