Efecto Zeigárnik: conozca de qué se trata—y suelte los pensamientos que lo estresan.
- Eduardo Delvo

- 5 nov 2020
- 4 min de lectura

“Lo que más me preocupaba era cómo le iba a dar de comer a mis hijos”, dijo ella. “Me despertaba a las tres de la mañana, intentaba dormir, me cobijaba la cabeza, pero al final terminaba esperando el amanecer en la ventana”, continuó. “En dos semanas anunciaban cambios de personal y nada me aseguraba que yo siguiera en la planilla”.
Experiencias similares a esta nos pertenecen a todos, tanto, que la idea de vivir sin preocupaciones resulta ingenua o quizás sólo posible para gente privilegiada (y ni siquiera para ellos). Las situaciones con potencial de preocuparnos, inacabables, seguras como el moho sobre el pan viejo, esperan en fila para tomar su lugar en nuestra cabeza. Cuánta angustia sufrida, cuánta calidad de vida restada, cuántas noches en vela, cuántos paseos disfrutados a medias, por una idea que no deja de golpear en las cuatro paredes de la consciencia.
¿Por qué la memoria insiste en fijarse en asuntos que nos angustian? ¿Hay alguna forma de inducirla a soltarlos y dejarlos atrás? Hay algunas, y en esta publicación le comparto una muy efectiva. Para ello, conozcamos el Efecto Zeigárnik.
Hay un hecho crucial que al pensarse resulta obvio: sin memoria no hay preocupaciones. Imagine llegar a la casa el viernes por la tarde, encontrar un botón en la base de su nuca, oprimirlo y entonces olvidar, al menos por el fin de semana, todo su lo ocurrido en su lugar de trabajo. (Un botón así se vendería bien.) ¿En el estado de preocupación qué es exactamente lo que recordamos? Una y sólo una cosa: que estamos en medio de una o muchas situaciones inconclusas. La inquietud propia de preocuparse es lo contrario a la paz que se siente cuando concluimos un evento—la calma posterior a ganar el examen de manejo, a ratificar el contrato de trabajo o a cancelar alguna deuda. Entre tanto esos eventos no concluyan, la memoria los va a retener con fuerza y sus recuerdos nos estarán punzando en la cabeza, o a veces en la boca del estómago. Esto sucede debido al Efecto Zeigárnik, el cual dice que la memoria fija más fácilmente los eventos inconclusos que los que ya tuvieron un final. Este efecto fue descubierto por Bluma Zeigárnik, una psicóloga soviética, en la década de 1920, cuando observó que los meseros recordaban las órdenes durante el tiempo que los clientes estuvieran a la mesa, pero la olvidaban rápidamente una vez que éstos se levantaban y pagaban la cuenta.

Bluma Zeigárnik.
Podría decirse que el Efecto Zeigárnik es el causante mayor de las angustias humanas, puesto que la vida no es otra cosa sino una madeja de historias inconclusas. Inmersas en la historia grande de todos nuestros años, existen otras menores, todas con inicio y desarrollo, pero no todas con una conclusión. Cada día, inauguramos hilos de nuevas historias, algunos los cerramos, y siempre nos encontramos a la mitad de muchos otros, a veces laxos, a veces tensos. Así, compuesta la vida de todos esos hilos que nacen y se cortan, vivir es un estado perpetuo de historias inconclusas, de historias que esperan por un final—vivir es a la vez un estado de incertidumbre y posibilidad.
Y aunque no es posible ni sería deseable cerrar todas esas historias, sí podemos hacerle creer al cerebro que las que nos preocupan llegaron a una conclusión. Si descargamos de nuestra cabeza las inquietudes que flotan en ella y las depositamos escribiéndolas en un medio físico, como un cuaderno, la mente interpreta que esas historias ya no están pendientes, y entonces la memoria no tiene por qué obstinarse más con ellas. De esta manera, las preocupaciones se apaciguan—los ánimos se sosiegan—y la mente se aquieta.
Lo que le propongo entonces es que asigne un lugar para escribir todas las situaciones inconclusas que albergue en la mente. Para que funcione debe ser un mismo lugar, seguro, confiable, con el orden necesario para que pueda leer a intervalos lo que tiene pendiente; puede ser un cuaderno o el mismo celular. En cuanto a la frecuencia, puede hacerlo según sus necesidades y personalidad. Si en las noches suele tener pensamientos acerca del trabajo, un momento idóneo para descargar la mente es justo antes de salir de la oficina, o después de apagar por el día la computadora. También puede llevar consigo una libreta y escribir en ella cada vez que note una inquietud sobre un asunto inconcluso.
Eso último es lo que hago yo. En mi libreta diaria tengo un espacio llamado Notas, en el que escribo cada vez que me surgen cabos sueltos, hilos incompletos. Leo todo lo anotado al final del día, al final de la semana y al final del mes. Haciendo esto sereno mi mente porque le hago creer que no hay historias en suspenso, y además me aseguro de que nada se me escapa. Es una estrategia de múltiples beneficios.

Sección de Notas en mi libreta.
Le pongo el ejemplo de una experiencia reciente. Y note cómo cualquier evento se convierte en un asunto pendiente. En días pasados por poco me brinco una señal de alto—era una señal en un lugar inesperado. Un ciclista tenía la vía y no perdió la oportunidad de gritarme: “imbécil”. Ese hecho, que no acabó en ningún problema real, se convirtió en uno de esos hilos que esperan resolución. ¿Por qué? Porque me sentía responsable de casi causar un accidente. Lo que hice en cuanto me bajé del carro fue escribir el evento en la libreta. Y en seguida una instrucción para que la recordara el Eduardo del futuro: en X lugar debo detenerme y hacer el alto. Con esta acción sencilla, logré soltar el recuerdo del error y los ánimos, un poco agitados, se me calmaron de inmediato.
Si bien una vida sin preocupaciones no es posible—y además, seguro sería una vida aburrida, monótona—lo que sí es posible es hacer que la memoria no se aferre a las historias inconclusas. Ahora que está consciente del Efecto Zeigárnik, materialice sus preocupaciones en papel, ahórrese las penas de lo que no puede controlar, y haga el mejor esfuerzo por realizarse en todos los ámbitos de su humanidad.
Eduardo.



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