¿Con cuál escala mide su vida? ¿Ser bueno o ser mejor?
- Eduardo Delvo

- 26 nov 2020
- 5 min de lectura

“Por favor... Que este sea el último cigarro”. Tragó una bocanada de humo, y se hundió suave la punta de los dedos en el abdomen, debajo del ombligo. “A las cinco semanas se ven como un renacuajo”. Tenía menos de un día de saberlo y no pudo ser en peor momento. La mano temblorosa llevó el cigarro una vez más a la boca pintada de rojo, una última humarada, botó la colilla y la majó con el tacón del zapato. Se dirigió al edificio donde su hijo de tres años la esperaba en una sala con sillas en fila, sentado junto a las ocho aspirantes del puesto que con el que podría salvar la casa. El niño corrió a abrazarla. Ella lo besó en la frente, y cuando mencionaron su nombre, entró a la sala donde la esperaban una mujer y un hombre elegantes, vestidos de gris oscuro, ambos más jóvenes que ella. “Tienen que impresionarse con los proyectos de Farm&Family en el 2008... No les va a importar que no tenga licenciatura”. Un momento más tarde, la puerta se abrió y ella, los ojos llorosos, las venas saltadas, se apuró a levantar al hijo en brazos, se secó la cara, y se marchó con la barbilla alta, en silencio. Ya en el carro, viendo el reflejo del hijo amarrado en la silla de seguridad, la mujer se limpió de las mejillas el surco negro hecho por las lágrimas. “¿Qué he hecho con mi vida? ¿Sólo ser mamá?...”
No ser suficiente es un pensamiento que a menudo se nos infiltra en la cabeza. Tomamos nuestra vida, la suma de todo lo que somos, y al ponerla junto a los modelos anhelados, concluimos que se queda corta. A la par de ellos no somos tan guapos, tan disciplinados, tan creativos, tan populares, tan inteligentes. Esta comparación constante es herencia de los humanos ancestrales, los padres y madres de la especie, para quienes la sobrevivencia dependía del estatus, y nosotros, en un mundo que facilita y motiva las comparaciones, debemos aprender a vivir con ellas, a encausarlas de forma productiva.
La regla con la que medimos nuestra vida tiene dos escalas: ser bueno y ser mejor. La medición arrojada por cada una establece cuánta satisfacción sentimos, cómo sobrellevamos la envidia y hasta cuánto crecimiento se nos hace posible en la vida. Contrastemos los diagnósticos de ambas escalas.
Ser bueno.
En esta escala, la pregunta se formula “¿soy bueno, malo, o soy regular?; los puntos de referencia son externos, amigos y familia, personajes famosos; y el valor de uno depende del valor de los otros, del lugar que uno ocupe en comparación con la posición ocupada por ellos.
Midiéndose con esta escala, en todo lugar va a encontrar evidencias, algunas reales, otras imaginadas, de que usted no es lo suficiente. Siempre tendrá algunos malos hábitos—otros terribles—, fallos en el trabajo y también metas no cumplidas.
Cuando sus amigos lo superen, o cuando vea en Instagram el éxito de la gente que admira (y también envidia), midiéndose con la escala de ser bueno, es probable que llegue a sentirse por debajo, a sentirse como menos.
Sus propias debilidades, sus errores, van a ser difíciles de reconocer. A veces hará lo posible por por ignorarlos, por olvidarlos, y cuando algo o alguien se los ponga frente a la cara, dará la buena pelea, les argumentará y hasta se convencerá a usted mismo de que no están ahí, porque si lo hace, el único significado que tienen es que usted no es suficientemente bueno.
En la persecución de sus sueños, cuando deba arrojarse sin pensarlo a trabajar por su proyecto, si lo hace midiéndose con esta escala, en el primer paso sentirá los pies de plomo, porque el prospecto del fracaso significaría una sola cosa: de nuevo, que usted no es lo suficiente. Y cuando caiga en los ineludibles baches de la vida, los fracasos de los que nadie se salva, estos no van a ser sólo eventos externos, sino que penetrarán en su misma identidad: usted será el fracasado.
¿Cómo es todo esto cuando le damos la vuelta a la regla y nos medimos con la escala de ser mejor? Veamos.
Ser mejor.
En esta escala, la pregunta se formula ¿soy mejor de lo que fui ayer, la semana pasada, el año pasado?; el punto de referencia es interno—es uno mismo en un momento anterior; y el valor propio no depende del valor de nadie más.
Ante una adversidad, como una temporada de noches de mal sueño que lo tiene drenado, con los hábitos trastornados y la productividad por el suelo, esta escala sólo evalúa los pequeños cambios de un día para otro, los milímetros avanzados, y a partir de eso, la satisfacción y la tranquilidad se mantienen: “estoy mejorando”.
Cuando vea el éxito de otros, sus hazañas, sus empresas, su carácter, sus cuerpos en forma, la reacción inmediata será averiguar cómo lo hicieron, cuáles acciones tomaron, qué están haciendo diferente, y una vez recolectada esa información, empezará a emular lo aprendido, porque sabrá que lo que otros han logrado usted también puede lograrlo—sólo debe hacer lo mismo que han hecho ellos, poner el mismo empeño en la dirección correcta.
Se esforzará por no cometer errores, por no descuidar sus debilidades, pero al mismo tiempo estará al acecho de cada uno de sus fallos, los aceptará enseguida, sin resistencia; los aceptará alegre, emocionado, porque hacerlo significa una sola cosa—una oportunidad para ser mejor.
En el viaje de mil leguas de su idea soñada, de su gran proyecto, el primer paso será ligero, seguro y en el momento justo, porque empezado el viaje, cualquier tropiezo leve, o una caída monumental, no implican un fracaso ni significan que usted no sea capaz, sino que se convierten en un ascenso más en la ruta, en información vital para crecer, para mejorar.
Medir la vida propia es una reflexión en la que siempre nos vamos encontrar. Ambas escalas, ser bueno y ser mejor, estarán siempre disponibles, y el uso de una no implica la desaparición de la otra. Lo que le propongo es que la mayoría del tiempo se mida con la escala ser mejor, y para ello le doy dos consejos.
Primero, adopte un sistema para detectar y reconocer de forma inmediata sus errores y debilidades. Puede tener una libreta en la que anote periódicamente, de forma honesta, sus debilidades y sus oportunidades para mejorar. Y enseguida plantee acciones concretas para resolver esos errores y debilidades.
Y segundo, tómese a pecho las siguiente frases. El único uso productivo del tiempo, de la vida, es trabajar en uno mismo, aprender del pasado—aprender a aceptarse—reconocer las debilidades, y luego trabajar para superarlas; realizar los sueños propios, dar vida a las pasiones, y llegar a encontrarse en el lugar justo para aportarle al mundo.
Conviértase en todo lo que es capaz de ser.
Eduardo.



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